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viernes, 30 de noviembre de 2012

“El perfeccionismo no existe”

Nota publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página/12
 

Dos risas se extienden a lo largo del mediodía y, encadenadas después de una ocurrencia, finalizan para darle espacio a la siguiente pregunta. En esta ocasión, Gillespi y Willy Crook siguen ese mecanismo: pregunta-respuesta-risas-pregunta-respuesta-risas y así hasta finalizar el encuentro con Página/12, en un mediodía caluroso, bajo la sombra de un árbol y con los protagonistas un tanto cansados: Gillespi se levanta a las cuatro porque desde las seis conduce La almohada maldita, de lunes a viernes por la FM Rock & Pop, y a Willy Crook su rostro lo delata: no ha dormido lo suficientemente bien y sus ojos amagan con cerrarse del todo.

Esas risas que se oyen a una cuadra de distancia son las consecuencias del diálogo entre dos amigos extrovertidos, inquietos y locuaces sobre los temas más diversos, que Crook (hábil conversador) hilvana de la manera más amable para resistir una mañana de sueño; mientras Gillespi trata de enmarcar con su discurso la salida del CD-DVD Live from Rulemánia, un registro dirigido por el fotógrafo Edgardo Kevorkian (autor del libro Porco Rex en fotos, sobre el disco solista del Indio Solari) que tiene al ex Las Pelotas y al ex Patricio Rey como protagonistas junto a los músicos que los acompañan durante el año, más unos extras que recopilan escenas en camarines y una entrevista del periodista Alfredo Rosso, los dos vientistas lo presentan esta noche a las 22 en el Teatro SHA (Sarmiento 2255).
 
Foto por Rafael Yohai
–Crook, hace unos meses le había dicho a Página/12 que Gillespi era de otro planeta. ¿De Rulemánia, quizás?

G.: –(Risas) Me parece que exageró un poco.

W. C.: –Espero no lo tomes a mal.

G.: –Ultimamente perdí mucho de mis raíces interplanetarias. Ojalá que pueda retomar todo eso, pero yo sé por qué él dice eso. Porque él ha escuchado mis demos de canciones cuando yo empecé a flirtear con los sintetizadores y hacer cosas caseras. Todo ese rarismo le gusta mucho.

W. C.: –Yo soy sordo, y él toca los instrumentos al revés, por eso creo que es un extraterrestre y un fuera de serie. Además, porque es mi amigo y me gusta inflarle el globo. Mi ego lo abarca. Hablando en serio, lo que él toca me gusta, me encanta las libertades que se toma y que sus temas a veces duren, no sé, seis o siete minutos y al otro día esa misma canción dure tres o dos.

–Esta unión sobre el escenario se iba a dar de algún modo u otro. Son amigos, transitaron el under durante décadas, tienen el mismo humor.

W. C.: –Estamos convencidos de esto. No, no, perdón, estamos confundidos. Es algo natural que estemos juntos. Nos debíamos plata.

G.: –Se veía venir, pero nadie lo organizaba.

W. C.: –Comprobamos que nos llevamos bien, porque ya nos conocemos de hace tiempo. Tuvimos un programa de radio con Pettinato a principios de los ‘90, un programa que duraba casi tres horas y también tocábamos algo.

–¿Pudieron ver Live from Rulemánia? ¿Son autocríticos?

W. C.: –¡No! Nunca me escucho ni me miro después de tocar. Hay gente que tiene esa costumbre: terminan el show y van rápido a mirar a ver qué hicieron mal y qué bien. Yo sería lo último que haría, pero sobre gustos no hay nada escrito.

G.: –A mí me genera tensión verme. Me produce más nervios verme en una televisión tocando que tocar en un concierto.

W. C.: –Y sí, porque si ya viste a la vaca, para qué vas a acariciar el ternero. (Risas) Pero no somos perfeccionistas, no. La idea es que nuestro perfeccionismo sea todos los días diferente. Esa es la idea del DVD. El enemigo más grande musicalmente es el cliché del perfeccionismo.

G.: –El perfeccionismo mata todo.

–¿Por qué?


G.: –Porque no es humano, es robótico, matemático. Si Willy está haciendo la voz para una canción y graba treinta tomas, la grabación número treinta no va a tener ya ninguna onda de nada. La música que hacemos está hecha de improvisación, de mucha humanidad. Para mí, tocar bien es algo tan especial que es superior a la perfección. La perfección es aburrida y geométrica.

W. C.: –El perfeccionismo no existe, existe una búsqueda de la perfección. La perfección es amar sin ser amado... El perfeccionismo existe como formato y contenido, pero sin propósito no es perfecto. Es lo que dice Gillespi, lo que hacemos está hecho de improvisación, pero basados en un esquema, para que la gente no nos tire hortalizas.

–¿Y entre ustedes se corrigen?

G.: –No, ya estamos muy jugados, por ahí lo que repasamos son algunos arreglos. Yo no estoy ensayando mucho. Y con Willy, por problemas de horario, se nos complica para juntarnos.

W. C.: –Nosotros somos los únicos descarados que buscamos la sección de vientos arriba de la gente, porque ellos forman parte del espectáculo. Se los busca y se los encuentra o no ahí arriba. No hay red y nadie resulta herido en estos conciertos. Miles Davis dijo que “el que no se equivoca es porque no está improvisando”. Somos milesdavisianos y, a veces, no se encuentra el error en nuestros shows, por eso nadie se da cuenta. No se dan cuenta porque es... perfecto. (Risas).

–Por lo general, en este tipo de reuniones aflora la mala competencia. Sin embargo, en Live from Rulemánia se ve la buena onda que irradian, y los músicos que los acompañan parecen viejos amigos.

G.: –Esto es una situación especial. Lo vivimos como tal, es como un recreo que nos tomamos. Somos amigos todos, encima de una misma generación. Nos conocemos de hace tiempo y la situación del escenario es solo una parte de una gran vida que tenemos juntos. Yo soy muy fan de Willy. Me divierte mucho, siempre tiene algo sorpresivo. Es un genio inventando frases y neologismos.

–Ahora viene la presentación oficial del CD-DVD en Buenos Aires, ¿pero les gustaría viajar por el interior?
G.: –La realidad es que no podemos tocar en todo el país, solo en cuatro o cinco ciudades grandes. Estamos limitados a eso y, además, el productor que quiera llevarnos tiene que pensar que somos muchos. No somos nosotros dos, sino también nuestros músicos. Live from Rulemánia es un espectáculo monstruoso. Somos un colectivo lleno de gente, más de veinte personas en el escenario. Por eso se hace muy difícil hacerlo más seguido. Y esto les pasa a todos los artistas, porque es una elite, unos pocos, los músicos que cobran por tocar. ¡Y hasta a veces los que cobran son los bolicheros y nosotros no!

W. C.: –Sin dudas. Primero fueron los milicos, después la cana y ahora los bolicheros.

sábado, 21 de julio de 2012

"Los fanatismos son anacrónicos"

Foto por Agustín Dusserre
Nota publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página/12

“Soy un pelotudo bastante importante”, se dice a sí mismo Willy Crook, luego de una risita cómplice, entre dientes. Lo balbucea vertiginosamente y a hurtadillas, como ocultando la voz para que nadie lo escuche. Crook es un hombre que va demasiado rápido –y un tanto encorvado– en esta ciudad de tránsito lento. Por estos días se encuentra trabajando en The Royal We –la banda que formó en 2009–, con la que se presentará hoy a las 21.30 en Samsung Studio, después de una primera función agotada.

Crook es un artista del lenguaje hablado, un histriónico personaje salido de las entrañas del rock argentino. Página/12 lo encuentra en la puerta de su casa de Balvanera, reparando su camioneta, la misma que utiliza para transportar los equipos e irse de gira por el interior. Debajo del asiento del conductor lleva un cuchillo. “A veces, alguno puede meter la cabeza y hay que estar preparado”, comenta, mientras levanta el capot y maniobra de aquí para allá la caja de herramientas. Su vida se compone de escenas. En una, ya dentro de su casa, y ante la foto de un guitarrista que tiene de fondo de pantalla en una de sus notebooks, dice: “Qué digitación que tiene, ¿no? Qué genio”, para responderse, unos segundos después “soy yo”, y reírse a carcajadas, otra vez. En esa foto sepia, tomada por un fotógrafo profesional durante un recital, aparece con el pelo recogido, la guitarra eléctrica que lo acompaña a todos lados y unos anteojos negros demodé, pero que le quedan perfectos.
 
–Si bien empezó en la música tocando la guitarra y hoy lo sigue haciendo, se lo reconoce más por su trabajo de saxofonista con Los Redondos, Los Abuelos de la Nada, y sus colaboraciones con Sumo o Charly García. ¿Alguna vez se cansó del saxofón?

Willy Crook: –En un momento, sí. Me tenía recontra podrido. A principios de los ’80 éramos pocos: Emilio Villanueva, Pablito Rodríguez, Roberto Pettinato y Daniel Melingo. Ahora ya son muchos. Desde luego, siempre estoy volviendo al saxo, pero el kilometraje te da cierta apatía. Sigo siendo un boludo alegre que se entusiasma con la música. Me sorprendo de lo que sucede conmigo. Porque después de los Funky Torinos, yo quería comprender a Los Redondos, pero era incomprensible ese fenómeno. Todo lo que se generó después. Era una figura, una imagen... anárquica monárquica.

No se volvió loco, Crook. Sencillamente, está atravesando su mejor momento musical y esta nueva formación lo demuestra. Nunca antes estuvo tan productivo: está grabando nuevo disco, tiene varios proyectos en mente, y pronto saldrá un DVD en vivo del recital que llevó a cabo con Gillespi en octubre de 2011. “Nos llevamos muy bien, somos de otro planeta. Me cae fenomenal Gillespi”, asegura. “Si alguien supiera de qué planeta somos, nos hubieran devuelto. Lo he visto tocar escalas que desafían la gravedad, man. Me gusta conservar ese hippismo que hay entre nosotros.” De repente, Crook continúa con su dilema con el saxo: “Estaba hasta los huevos del saxofón. Porque estaba en otra. Sentía lo mismo que hubiera sentido Tula con un bombo en un concierto de poesía. Y cuando tenés que parar, te perdés completamente. Me alivió, fue como cuando escuchás que se detiene el motor de la heladera. Pero igual no lo puedo dejar”.

Una vez, promediando los ’80, sí quiso dejar todo. Se volvió un poco loco (como tantos en aquella década), armó un grupo oscurísimo. “Me copé con esa mierda de las cajitas de ritmo e hicimos Mimilocos. Eramos los hijos deformes de Los Encargados”, se ríe. Y después todo lo demás: llegaron los Funky Torinos y, desde 2009, Willy Crook & The Royal We, un proyecto en los que revisita standards de jazz, soul y funk, y vuelve a su repertorio anterior.

–Recién hablaba de una figura monárquica-anárquica. Los recitales de The Royal We tienen algo de anárquico.

W. C.: –Sí, eso pasa más en los ensayos, pero en los recitales también. Ahora yo estoy mejor. A mis compañeros les pido que toquemos tres temas decentemente... ¡y lo logramos! Llevo tres años sin tomar alcohol y eso se nota en el escenario. Lo que cuesta es la decisión. Distraerte. Yo era el amigo al que le pegaba mal el alcohol, el que tomaba y se transformaba en una bestia. No conocía las resacas, man. Tenía una tolerancia sorprendente. Fui un tipo al que invitaban a todas las fiestas. Siempre pensé que el prestigio se medía en litros. Ya era un pelmazo, no rendía.

–¿Cree que su rol de saxofonista en los ’80 fue importante para las bandas de rock que se formaron durante las décadas siguientes y que ponían en primer plano al saxo?

W. C.: –Para ellos creo que fue fuerte lo de Los Redondos. Nunca logré tomar la dimensión de lo que hice, ni tampoco eso de (imita al Indio Solari) “saltar los decorados del rock”. Entré a Los Redondos sin saber tocar el instrumento. Cuando volví, en el ’91, me di cuenta de que todo eso pasaba por encima de los decorados del rock. Se transformó en una bandera social, no era ya una banda de rock. Pero es cierto lo de los saxofonistas ahora. Espero que entiendan que vale más un fracaso ajeno que cien grandes éxitos.

–Los Redondos están llenos de fanáticos. ¿Usted es fanático de algo?

W. C.: –No soy fanático de nada en general. Me gusta irme. Sí, eso, soy fanático de irme. Me gustan los autos, pero no miro las carreras. Es que con los Ford no nos llevamos muy bien, porque un par de veces vi algunos verdes. Los fanatismos me parecen anacrónicos. Soy un fanático de no ser fanático. Ya la vi a ésa. La batalla de los chetos contra los pardos, ¿no? El General Levi’s contra el Coronel All Stars (risas). En la música llegué a verlo todo. Mucho. Vi ese fanatismo de Los Redondos contra Soda Stereo y viceversa. Creo que (Andrés) Calamaro fue uno de los pocos chetos buena onda que me dirigieron la palabra.

Ahora, de vuelta en la puerta de su casa, Crook se olvida de la entrevista y clava los sentidos en unas bujías nuevas que debe probar en su camioneta. “Pappo no era el único músico que sabía de esto, ¿eh?”, bromea. Va a tener para rato, y lo disfruta como si fuera un chico. Habla con las herramientas, indescifrablemente. Putea un poco. Pero, en el fondo, está jugando a ser mecánico. A no ser Willy Crook, en definitiva. A ser el hombre lento que va demasiado rápido.

miércoles, 18 de julio de 2012

"No queríamos hacer algo tan cerebral"

Foto de Eva Irungaray
Entrevista publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página//12

Antes de una mueca aquiescente y después de una larga introducción, Santiago Compiano –cantante y guitarrista de Tulús–, le dice a Página/12: “Las canciones no se manchan”. Sus compañeros de grupo (Emiliano Caffarelli, Federico Vásquez Gil y Francisco Moscuzza) sentados a la misma mesa del bar, sólo atinan a reírse; pero lo acompañan y asienten. Compiano se encuentra en esa tarea entre incómoda y agradable que es describir las canciones que grabaron para Círculo Vital, el primer disco de Tulús, y que presentan con una serie de recitales todos los jueves de julio en el Club Cultural Matienzo (Matienzo 2424), a las 21.

Durante los últimos dos años, Tulús fue la banda de apoyo de Gabo Ferro en las distintas presentaciones de El hambre y las ganas de comer, el disco que Gabo compuso junto al escritor Pablo Ramos. Eso les permitió acercarse a otro público, recorrer diferentes escenarios del país y consolidar su sonido en vivo. “Hace un par de meses que no estamos tocando con él. Ahora sacó La aguja tras la máscara, un disco chico, con otro sonido. Cuando escuché las canciones me quise matar, porque son unos temazos y me dieron ganas de tocarlos en vivo. Pero, por suerte, pudimos tenerlo de invitado en la canción ‘Quizá despierto’”, admite Compiano.

–¿Durante esos años se dieron cuenta de que tenían material para un disco largo?

Santiago Compiano: –Cuando terminamos de componer sabíamos que teníamos un disco. El proceso de grabación fue intenso. Fue fruto del roce de nuestras ideas. Tardamos un año en hacerlo. Ya estaba terminado, lo veníamos tocando mucho, pero nos faltaba alguien que nos diera el empujón. Por eso lo llamamos a Mariano “Manza” Esaín, que grabó e hizo un montón de discos que nos gustaban. El ya había escuchado los demos y se había entusiasmado. Quería trabajar con lo que le habíamos dado. La forma de grabar y la estética tenía que ver con eso. Además, no teníamos mucha plata. Lo grabamos en dos días en ION. Igual, un poco la luchamos.

Emiliano Caffarelli: –Sí, en ION se potencia todo. Teníamos solamente dos días y, para nosotros, era un sueño estar ahí. Entonces, pasaron cosas que sólo pueden pasar en un estudio como ION.

Federico Vásquez Gil: –Es que todos los que amamos grabaron ahí. Queríamos hacer algo diferente a lo del EP.

–El EP que grabaron en 2008 es psicodélico, tiene muchas capas sonoras, mientras que Círculo Vital es un disco más crudo, retro y directo.


S. C.: –Necesitábamos la vibra del estudio. Nos había grabado un demo Hernán Espejo. Siempre nos sentimos incómodos con eso de grabar primero las guitarras, después las baterías. Nosotros queríamos hacer algo que representara al grupo. En la mezcla lo mismo, no quisimos retocar mucho. Pasaron cosas raras, como abrazarnos después de terminar un tema (risas). Manza, con su energía, nos guió. En el demo habíamos hecho más sobre grabaciones. No queríamos hacer algo limpio y pasteurizado, sino lo que suena ahí. Si la canción no es buena, aunque le pongas una gran producción, no va a pasar nada.

E. C.: –Sí, esa era la idea general: grabar en vivo, mostrar la energía de la banda, pelar y no hacer algo tan cerebral. Lo que pasa es que veníamos de grabar un EP súper producido. Había un Hammond allá, un Rhodes por otro lado. Y esto es el proceso inverso, queríamos achicarnos un poco. Pienso en el axioma del “menos es más”. Si estamos confiados en lo que hacemos y de nuestras canciones, no las cubramos de cosas, dejemos que se vean como son. Esto es lo que ves.

–La segunda canción del disco se llama “Paternal”. Y la primera frase dice: “Yo sé que nunca tengo ideas muy claras”. No es difícil pensar que se inspiraron en Pappo.

E. C.: –Totalmente. Para noso-tros Pappo es una gran influencia. Creo que para todo el que hace rock acá Pappo es un referente. Paternal, también, es un barrio que queremos mucho. Era nuestro cable a tierra, porque es el lugar donde caíamos después del laburo o de haberte peleado con tu chica. Y siempre hay gente zapando por ahí.

S. C.: –Nosotros somos muy fanas del rock nacional. Para mí, la tríada es Pappo, Spinetta y Charly. Emiliano por ahí incluye a otros como Litto Nebbia o Javier Martínez. Pero Pappo es el héroe de todos nosotros.

–Y además de los grandes referentes como Pappo o Manal, ¿tienen otros más jóvenes?

S. C.: –Me junto con Hernán Espejo, cantante de Compañero Asma, y siempre me recomienda algo nuevo. Los grupos con los que compartimos fechas los fines de semana, nuestros pares, son las influencias más directas que tenemos. Además de muchas bandas amigas como Dietrich, Morbo y Mambo, Prietto viaja al cosmos con Mariano, Go Neko!, y son bandas totalmente diferentes. Antes, me parece, pasaba otra cosa. Antes eran tribus. Tribus determinadas que iban a ver a, por ejemplo, Todos tus Muertos y después se mataban a piñas contra los skinheads. Pero eran otros momentos, otro país.

–¿Cómo denominarían ustedes a su estilo?

S. C.: –Yo no puedo aceptar tocar la misma música como hace 50 años. El rock ya está viejo, pero nuestra intención es tocar rock y blues de una manera más moderna. No sé si se nota, pero es nuestra intención.

domingo, 5 de febrero de 2012

Charly García, yendo de la playa a River

Nota publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página/12
¿Recuerdan al Charly García que creía remediar unos penosos recitales con algún desfachatado artilugio que lo dejaba fuera de combate durante un tiempo? ¿A aquel que seguía conmoviendo a pesar de la dilatada y esquiva recuperación que tardó varios años en sacarlo de las malas? Ese Charly no tuvo nada que ver con el que se plantó ayer en el parador Arena Beach –una playa exclusiva al sur de la ciudad de Mar del Plata– durante el recital que brindó García junto a The Prostitution, la banda que lo acompaña firmemente desde su regreso definitivo. Allí, alrededor de 40 mil personas vieron al nuevo Charly de figura voluminosa, enérgico hasta donde llegan sus posibilidades, dándole con fiereza a las teclas de su piano y dejando todo sobre el escenario cuando le tocó encarar al público micrófono en mano.
Hoy, su nueva voz de ultratumba es un signo ineludible. Pueden oírse todos sus esfuerzos y peleas contra él mismo para recobrar todo lo que ha quedado en el camino y que alguna vez fue suyo: la posibilidad de construir las más admirables canciones de rock en español. Es cierto que sus últimos movimientos artísticos han sido una muestra de la mejoría de Charly. Su épico regreso en el estadio de Vélez Sarsfield en 2009 (El concierto subacuático), la publicación física de Kill Gil y la reciente seguidilla de recitales en el teatro Gran Rex fueron una muestra de ello, una revalorización de su obra que le ha permitido regresar a la pelea de fondo del rock.
Bajo un cielo despejado, cargado de humedad, no quedó más que guardar en la memoria el retrato de Charly levantando sus brazos ante una multitud que saludaba y liquidaba su gaseosa en la tarde de Mar del Plata. Lástima el bajísimo y desprolijo sonido que lanzaban los amplificadores en “Rezo por vos”, “Rock and roll yo” y “Cerca de la revolución”, después de un “¿Cómo anda Mar del Plata?”, de García. La estructura del recital respetó a rajatabla el hilo conductor de los shows conceptuales del Gran Rex. Allí las voces en off de Graciela Borges y Juan Alberto Badía le imprimieron intimidad, pero aquí, ante tamaño escenario natural, perdieron el nervio y el efecto sobre los espectadores, que atinaron a responder con tibios aplausos las intervenciones.
Luego siguieron “Canción de Alicia en el país”, “Asesíname”, “No importa” y “Demoliendo hoteles” para finalizar la primera hora de recital. “¿Conocen a Dalí? Ahora vamos a poner una película de él como intervalo”, dijo Charly para presentar una escena de El perro andaluz, la obra maestra del cine surrealista. A la vuelta, con el sol cayendo detrás del escenario, la lista continuó con “Yendo de la cama al living”, “Influencia”, “Me siento mucho mejor”, “Eiti Leda” (con la voz principal a cargo de Rosario Ortega, nueva corista de la banda), “Hablando a tu corazón” y “Canción para mi muerte”. Con este recital, a modo de clausura de la temporada rockera en el parador Arena Beach (por allí pasaron Catupecu Machu, Massacre y Las Pelotas, entre otros), Charly adelantó algo de su retorno al estadio de River Plate, cuando en abril clausurará otra edición del Quilmes Rock.

martes, 24 de enero de 2012

"Hoy me comprometo más con el texto"


Nota publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos, del diario Página 12
Se pueden tomar tres fotografías de lo que cuenta Rosario Bléfari sobre su 2011 cultural. Una podría ser la de ella bañándose incansablemente en las aguas del Mar Adriático o descubriéndose, casi con extrañeza, en la Plaza San Marcos llena de gente; otra podría ser la de la grabación de Privilegio, su quinto disco solista, luego de tres años sin canciones nuevas, y, la última, un retrato sobre su trabajo en Un mundo misterioso, la película de Rodrigo Moreno, estrenada el año pasado. Ahora recuerda todo aquello que vivió y sonríe: “Venecia es tan poderosa. Fui por el Festival de Cine, a presentar Verano, la película de José Luis Torres Leiva, en la que trabajé en Chile. Era la primera vez que iba y ahí también pude ver a Patti Smith, que tocó en un jardincito y dio una charla sobre poesía. ¡Hasta estaba George Clooney!”, comenta sobre su experiencia en la 54ª Bienal de Venecia, en Italia.
En estos primeros días de 2012, Rosario Bléfari –actriz, cantante y poeta que supo liderar a Suárez, banda que durante los noventa tradujo “a la argentina” la ideología cultural que sostenían los referentes del indie norteamericano como Sonic Youth y Yo La Tengo– saborea las primeras mieles de Privilegio, un disco de canciones rápidas, “algunas en extremo vertiginosas y cortas como ráfagas y otras andantes, con algunas texturas rítmicas de acústicas que sostienen con la fortaleza adecuada los desvaríos tímbricos de las guitarras eléctricas”, y que será presentado mañana a las 20, en Niceto Club (Av. Niceto Vega 5510), junto a Mujercitas Terror y Camila Barre.
–En sus discos siempre hay un eje conceptual, ya sea sonoro o poético. ¿Qué diferencias encuentra entre Calendario, su disco anterior, y Privilegio?

–Cuando tengo cuatro o cinco canciones me gusta ver qué tienen en común, qué proponen, y cuando descubro eso, ahí selecciono el resto de los temas en función de reforzar esa idea. Después, no sé si se nota mucho en los discos; pero por lo menos tengo como intención que no sea un rejunte de canciones, sino que haya una idea que las vaya hilvanando. Y siempre me pasa que tengo que dejar muchas afuera. Con respecto a las letras, los discos no son tan diferentes. En Privilegio quise trabajar la idea de diálogo. Hay temas que son de Javier Marta, mi guitarrista. Algunos me preguntaban por qué había accedido a que compusieran otros integrantes. Pero me parecía bueno contraponer mis canciones a las de otro. A él le propuse que tocara estos temas, para que las canciones dialogaran entre sí, como forma. Muchas de estas canciones fueron compuestas en respuesta a alguna que él me mostraba y así lo hicimos. En un momento, pensé que el disco podía estar atravesado por esa idea de diálogo y me pareció que podía ser divertido trabajarlo.
–A diez años de la separación de Suárez, ¿reconoce en algunas bandas de hoy una recuperación de aquel sonido?
–Veo varios elementos que aparecen. Claro que colocados de otra manera, pero se nota que fueron a las mismas fuentes y fueron influenciados por grupos similares. En El Mató a un Policía Motorizado reconozco ciertas formas que me recuerdan a cosas que podríamos haber tocado nosotros, pero en realidad porque vienen de la música que también nos gustaba, como Velvet Underground, cosas que vienen de parientes más lejanos. Pero estoy segura de que si nosotros no hubiéramos existido, igualmente ellos habrían hecho su música.
–¿Y en otras bandas?
–Me pasa cuando escucho a los 107 Faunos, que me es afín esa aparente desprolijidad que pueden tener las canciones, como el plano de las voces. Digo aparente, porque pasa que muchas veces se puede ver eso como una dejadez o un descuido. Pero nos pasaba con Suárez que a eso le poníamos mucho empeño y trabajo en esos detalles y algunos que veían la música de otro lugar más... (piensa).
–¿Conservador?
–Sí, que veían la música de otro lugar o tenían influencias más tradicionales les parecía desidia o descuido nuestro sonido, pero eso era una elección nuestra. Y hoy les pasa a 107 Faunos. Me parece genial que ellos, desde su lugar, tengan muy buena onda y reconozcan lo que les suena familiar. Antes, eso no pasaba, los músicos tenían cierta reticencia en reconocer algunas cosas de sus anteriores.
–Hoy pareciera que el indie, a diferencia de lo que pasaba antes, dejó de ser para unos pocos.
–Sí, es cierto. Antes no había mucho público. Y además, antes el público era más contemplativo, más tímido e introspectivo. Era más la exaltación del viaje mental por sobre la exaltación de poner el cuerpo. A mí también me pasó. A partir de 2004 empecé a poner el cuerpo, la expresión, lo físico, el movimiento y sentí la necesidad de expresar de esa manera la palabra, la velocidad y el golpe. Quería que todo fuera más físico. Antes, el viaje sonoro, el de las disonancias y las repeticiones tenía que ver con quedarse más para adentro y no tanto de euforia. La gente podía estar tirada en butacas, pasándola muy bien, pero no física, sino mentalmente.
–Empezó a poner el cuerpo, la expresión. ¿Hay algo de la actriz en el escenario?
–Con el tiempo fui sintiendo que yo era más actriz en lo musical que en el cine. En el cine no había tenido tantas oportunidades para desarrollar distintos tipos de actuación. Las cosas que hice fueron pequeñas. En un protagónico uno puede desarrollar un personaje, pero sólo en el cine de (Martín) Rejtman tuve uno. Tal vez toda la energía de la actriz que hay en mí está en la música y al servicio de las canciones. Ellas son el guión y lo bueno es que esas letras las escribo yo (risas).
–Una actriz-cantante que fue mutando.
–Para mí, en las canciones de Suárez, no tenía mucha conciencia de la forma que podía cantar e ir más allá con el sentido. Esa cantante era otro personaje. En cambio, ahora compongo para una cantante que es más expresiva. Nunca me gustó dramatizar y exagerar la letra. Como público y como cantante no me gusta que el cantante vaya mucho más allá del texto con la expresividad, me gusta que se lo cante en el punto exacto. Ahora me comprometo más con el texto.
–¿Y usted hace alguna autocrítica como cantante?
–Me gustaría tener la voz más poderosa, un vozarrón que pudiera imponerse sobre los instrumentos, pero creo que a todos los que cantan les debe pasar lo mismo. La ambición del cantante es tener más voz, y a mí me gustaría tener un gran caudal. No me preocupa la desafinación, sé que desafino, porque en vivo no me escucho bien. Me amargué mucho por las críticas, pero yo no estoy haciendo ópera; en lo que hago es más importante la canción, la energía de ese momento, el golpe, la expresividad. Porque, además, tampoco es algo que les pido a las bandas que me gustan, no estoy fijándome en eso.
–¿Por qué?
–Porque es rock.
Crédito fotográfico: Albertina Sales

jueves, 19 de enero de 2012

Opiniones sobre El Salmón

El año pasado, con motivo de los diez años de El Salmón, entrevisté a varios músicos para que opinaran sobre la importancia del disco en sus vidas. Aquí recupero algunas de aquellas declaraciones que permanecían inéditas.


Por Manuel Moretti (Estelares)


Con Andrés Calamaro nos conocimos en abril de 2001, cuando él participó en Ardimos, nuestro tercer disco. No sé qué fantasmas lo abran atrapado que lo dejaron encerrado en su casa para hacer todas esas grabaciones. En esos años me acuerdo que él llegaba a su casa y lo primero que hacía era prender la porta estudio para seguir grabando. El Salmón es un disco que quiero mucho por la semejante entrega de Andrés. Un poco sé y otro poco intuyo lo que le costó, cómo estaba en ese momento y de la manera en cómo se entregó a todas esas canciones. Es un disco que me conmueve, que lo congratulo, lo abrazo. Y celebro que también haya terminado de transitar por esa época; que para él fue muy cruenta y tan prolífica a la vez. Tiene canciones preciosas y otras que son fotografías del momento: tremendas chifladuras. Es un disco que admiro y respeto. Y le agradezco a Calamaro que le haya puesto el cuerpo. Hay cosas que no se eligen, esto le pasó. Fue atravesado por fantasmas exclusivos de él, fue arrasado por la tormenta, por huracanes y tifones y por suerte quedaron unas cuantas canciones y él  pudo volver de semejante incursión. A diferencia de la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, donde el viaje del personaje era consciente, creo que lo de Andrés fue medio inconsciente, porque fue arrasado por un viento. Y la única manera que tenía de permanecer en pie era componiendo todo el tiempo para cagar a tiros a la angustia. Esa fue la única manera de resolver la situación. Por suerte pudo salir sano y a salvo. De El Salmón, “All you need is pop” es la canción que más me conmueve. Me parece un tema hermoso. Después están “Mi funeral 11” que es descomunal y que describe un estado de cosas impresionante. También me gustan mucho “Lorena”, “Qué ritmo triste”, “Mi Lobotomía” y “Vigilante medio argentino”.


Por Nacho Rodríguez (Onda Vaga)
“El mambo” es un tema que nos acompaña desde el primer ensayo de la banda, lo trajo Tomás (Gaggero), lo mostró y a todos nos gustó mucho. A partir de ahí lo tocamos casi siempre. Es uno de los temas más viejos de nuestro repertorio. El Salmón es un disco muy grande, te lleva a muchos estados de ánimo, lo siento como un gran autorretrato de Andrés, honestamente brutal, donde te muestra muchas de sus personalidades, enrosques, alegrías, oscuridades y tristezas. Un álbum muy generoso y compañero donde te podés ver reflejado en muchas canciones. Yo aún lo sigo descubriendo. No creo que haya influenciado en la formación de Onda Vaga, pero sí nos acompaña desde el principio y nos dio “El mambo”, una canción que sentimos propia cada vez que la cantamos. El Salmón es el (o los) disco que más me gusta. Un punto muy alto dentro del rock nacional.
Por Alejandro Schuster (Viva Elástico)
El Salmón es un disco suicida. Eso es lo que más me gusta. Es el disco más sincero que hizo Calamaro. Se nota que lo grabó en días de atropello, y en esas canciones te cuenta lo que está viviendo. Las letras tienen un modo de contar que es muy poético y callejero a la vez, parece escrito a los cachetazos. Tiene una particularidad, son canciones que escuchan músicos de distintos géneros. Me da la impresión que Calamaro tiene una forma de escribir que llega a muchos lados y sin esnobismo ni metáforas rebuscadas. En el peor momento de tu vida, una frase de Calamaro te puede ayudar.
Por Reno González (Reno y Los Castores Cósmicos)
Lo que me pasó con Calamaro, gracias a El Salmón, fue que uno veía a esos artistas inalcanzables sacando un disco cada dos años y en calidades cada vez mayores; y de pronto te encontrabas a un ídolo haciendo cinco discos en porta estudio (como hago yo que no tengo plata), usando grabaciones caseras y otras de estudio. En fin, haciendo lo que quería, usando samples y tocando covers en calidad decente, pero que el mainstream no aceptaba. Andrés Calamaro nos regaló las frases más contundentes y reales sobre el amor, el sexo y las drogas. Es increíble que un artista haya grabado de esa forma, como diciendo: “Ok, estos son mis cinco discos, al que le gusta los escucha y al que no, no”.
Reimon (Reimon Starship y los venusinos)
Calamaro marcó un antes y un después por el modo de producción que tiene ese disco, porque las grabaciones son caseras. No tuvo problemas en dejar lo que venia haciendo, y de algún modo, reinventarse. Se acercó más a la canción. Con El Salmón, Calamaro hizo masivo un modo de producción que se venía cocinando en el under y también se acercó al modo de escuchar música a través de Internet. El Salmón tiene temas que te pegan un gancho al mentón y no te los sacás más de la cabeza por unos días, semanas o meses.

lunes, 16 de enero de 2012

Adrenalina y poética arrabalera


Nota publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página/12

Zigzagueante, una embarcación atraviesa los recovecos del Tigre. Va y viene, flanqueando tierra firme a la vista de los vecinos que sacuden las manos, dando la bienvenida. En una hora de viaje el catamarán recorre un paisaje frondoso, verde y monótono, haciendo escalas breves, río arriba, hasta llegar y detenerse en un muelle imperfecto donde –luego de sortear una maleza tupida y los impulsos de su perro–, hace su aparición Rodrigo Guerra, el entrevistado, ex contrabajista de la Pequeña Orquesta Reincidentes, actual integrante de Guerra y Todo, La Quimera del Tango, Lions in Love, Volver a Cero y Los Ramones del Tango, el proyecto que encabeza Daniel Melingo.
Al leer su currículum musical se puede deducir que este multiinstrumentista decidió refugiarse en una isla del Delta –y apartado de la gran ciudad– para descansar, pero no: “Hace cuatro años que vivo acá y es en el lugar donde más trabajo. Acá tengo todos mis libros, la música. Puedo tener muchas pantallas abiertas, puedo escribir, tocar, estar tranquilo y eso me rinde muchísimo. Yo parto a la ciudad con muchas partituras que hago en esta casa. Mis días aquí son de práctica continua y no hay mucha distracción. Es mi oficina”, cuenta a Página/12 sobre su intimidad en una cálida vivienda ubicada en una solitaria isla del Tigre.
La excusa es hablar de Guerra y Todo, un trío furtivo de sonido cerrado, directo, ligado fuertemente a la historia de los tríos de rock en la Argentina. Guerra y Todo está cargado de una poética arrabalera, tiene apenas un año y medio de actividad, un puñado de recitales y un disco homónimo editado por el sello independiente Oui Oui Records, en donde Guerra encarnó el rol de guitarrista, cantante y compositor, acompañado de Rafael Franceschelli, en bajo, y Lautaro Cottet, en batería, y que se presentará el miércoles 25 en Le Bar (Tucumán 422), con entrada gratuita.
–En Guerra y Todo se condensa, de un modo más violento y crudo, todo lo que usted produjo musicalmente.
–Sí, el trío es un formato sintético. Que invita a cierto minimalismo. En el rock, cuando aparece la segunda guitarra u otro instrumento, altera la ecuación. Pero en el trío hay un equilibrio muy interesante. Hay sobrados ejemplos, The Jimi Hendrix Experience, The Police. El trío nos lleva a una desnudez que descontractura, y donde no hay parafernalia. Lo nuestro es de garaje. Cuando agarro una guitarra eléctrica siento un regreso a las fuentes, al primer instrumento que toqué de chico, el instrumento con el que más pensé la música; los otros son incursiones, exploraciones, una manera de estudiar los sonidos. El testimonio del trío es como un chequeo médico, ahí te sale más o menos lo que estuviste tocando en los últimos tiempos. La guitarra se contamina muy fácilmente, porque es un instrumento muy atorrante.
–¿Para usted era una necesidad, aunque sea por un momento, salir del sonido del tango?
–En el lenguaje de los grupos en los que participo, hay todo un imaginario melódico que va cambiando de sonoridades, pero siempre tiene un mismo perfil. Hice tantos géneros que no puedo decir que cada uno lo viví como si pudiera convertir mi vida al género que estoy haciendo, como si tuviera esquizofrenia o encarnara un personaje. Irme del tango es imposible, está ahí, siempre aparece. No me preocupa dosificar el género, porque eso no se puede manejar. Inocentemente, buscamos un ideal. Hacía mucho que no tocaba rock; pero salir, no, me siento adentro de esta gran bola de géneros, absorbiendo más y viendo que hay cada vez más información.
–Se entiende, ya que hay una cierta épica tanguera y barrial en las letras.
–Nunca las terminaré de entender. Son estampas. Me gusta lo que tiene la poesía de escribir cositas, pero no saber de qué se tratan específicamente. Reflejan fielmente un estado de ánimo, una situación, pero en el momento no lo puedo abarcar. Las letras salieron de modo inconsciente, pero hay una negación de eso, está cantada así nomás, porque hay una brutalidad musical. Hoy hay una hegemonía de la voz, del discurso cantado y es una escuela en la que coinciden muchos.
–¿Y usted no coincide con esa escuela?
–Coincido bastante. Pero en este caso no me parecía importante, con que se entendieran las letras...
–Pero, recién hablaba de una negación.
–Sí, pero es una negación de hecho, física. Sucedió porque esta música la fui acunando de pendejo, en un underground, donde no se entiende nada lo que uno canta. Entonces, el underground termina siendo un soporte, una manera de escuchar la música. El lugar donde se escucha, ejecuta y es compartida la música hace mucho al timbre. No es lo mismo un cajón de hormigón de cien metros de largo que un boliche lleno de mesas y techo bajo. Quería crear esa confusión y sacar un poco del eje a las letras. Son importantísimas, pero es tan fuerte lo que sucede con el mensaje hablado, que el que no entiende va hacia atrás. A Spinetta nunca se lo entendió del todo, y hay que prestar atención. Cuando uno presta atención es porque no está todo servido. Después de escuchar a Manal, a La Pesada, aparece una textura que la industria desechó, pero para nosotros, los que andamos “cartoneando” en esto, nos sirvió para aprender y tomar cosas de allí.
–¿Qué no tiene Guerra y Todo de sus otros proyectos?
(Guarda silencio unos segundos) –Quizá tiene tolerancia. Hay muchas cosas que en el momento las podría haber hecho de otra manera, pero me la aguanté y las dejé así. Guerra y Todo es algo egoísta. Yo me hice cargo de este proyecto y las cosas se hicieron como yo quería, aceptando excelentes propuestas de mis compañeros. Ahí es donde se ejercita lo de la tolerancia, porque somos tres que a veces opinamos diferente. Sin embargo, acá tengo más responsabilidad. Con este proyecto me salgo con la mía, es algo más personal.
–Estaba buscando tener la última palabra.
–Siempre me sentí representado en todos los lugares donde trabajé, aun en esos proyectos donde participo componiendo música y letras. Esta es otra materia. Por ejemplo, en un grupo como Pequeña Orquesta Reincidentes, cuando una inquietud creativa me aparecía, y todavía era una idea amorfa, la tiraba al ruedo, y en el medio iba tomando su forma. Aquí con Guerra y Todo fue diferente, además porque parecemos un grupo comando, si tenemos un recital, ensayamos una vez y listo.
–Hizo referencia a Pequeña Orquesta Reincidentes, ¿ha seguido la trayectoria de cada uno de sus ex compañeros?
–Sí, claro. Esta es una gran familia. Acorazado Potemkin me gusta mucho. Tengo una debilidad con esa manera de componer, cantar y tocar la guitarra que tiene Juan Pablo (Fernández, cantante y guitarrista de Acorazado Potemkin). Además, sus compañeros son unos animales. Obviamente, guardo un entrañable recuerdo de lo que hicimos. Siempre festejé el trabajo musical de quien sea, pero el de mis ex compañeros lo celebro como si fuera mío. Parece una pedantería, pero siento algo muy tranquilizador cuando ellos hacen música. Cambiamos de forma, de manera de pensar, pero cuando te encontrás con un ex compañero que te ayuda, es muy emocionante. Puedo en mi cabeza cantar cada una de esas notas que tocaba en Reincidentes. Tenía un espíritu que era fuertísimo, tenía una cosa grupal muy poderosa y a su vez era retroalimentado por el público.
Guerra y Todo se presenta el miércoles 25 de enero, a las 22, en Le Bar (Tucumán 433). Entrada gratuita.

viernes, 16 de diciembre de 2011

"Nuestros shows son a matar o morir"

Nota publicada en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página 12.


Durante los meses posteriores al incendio de República Cromañón se observaba un paisaje desolador en el under del rock local: había comenzado una larga persecución a todo lo que tuviera que ver con la música y los bares para recitales cerraron abruptamente. Sus dueños tuvieron que pagar un precio alto y las bandas que empezaban debieron confinarse en sus casas. Eran pocos los sitios que continuaban en pie y acceder a ellos significaba, en muchos casos, invertir y perder buena cantidad de dinero. Pero a los integrantes de Fútbol, que ya tenían un disco editado, se les ocurrió una idea: tomar algún espacio en una radio y así tocar asiduamente. Consiguieron uno de quince minutos en FM La Tribu, los lunes a las 11, entre el informativo y el magazine del mediodía. Lo bautizaron Fútbol en vivo y consistía en tocar durante ese tiempo todo lo que se pudiera, pero también llevar grupos nuevos y hacer un poco de ruido entre tanto silencio.


Quizá fueron esos tiempos los que determinaron el zigzagueante devenir musical de la banda, que había comenzado con Elige tu propia aventura (2003) y Más bambino que nunca (2005), dos discos psicodélicos, instrumentales, menos intensos que los que vendrían luego. “Cuando empezamos, no teníamos idea de lo que queríamos hacer. El primer disco lo hicimos con menos experiencia y conocimiento, pero con más ganas”, cuenta Juan Pablo Gambarini, el guitarrista del trío. El grupo se completa con Santiago Douton, que toca la batería y canta, y Federico Terranova, que hace lo suyo con el violín y que además es integrante de la Orquesta Típica Fernández Fierro y de la banda que acompaña a Alejandro Medina, el ex Aeroblus. “En nuestros primeros recitales, por lo general, poníamos un disco y tocábamos arriba. Nunca podíamos terminar un tema o nos perdíamos en el medio. Sonábamos muy mal, éramos un desastre. Pero después limpiamos algunas cosas, nos fuimos perfeccionando y quedó lo que es ahora”, memora Terranova.


Y ahora Fútbol es un power trío barrial, hijo dilecto de la primigenia casta rockera, encabezada por Manal y Color Humano, pero algo inclasificable, según lo que se oye en La gallina, su flamante cuarto disco, grabado en vivo en el mítico estudio Ion y que tendrá presentación mañana a las 22 en el Centro Cultural Zaguán Al Sur (Moreno 2320, junto a El Perrodiablo, Cuco y Enlace). “Quisimos empezar por lo difícil y no nos salió. Entonces dijimos ‘hagamos punk rock’ (risas). Igual yo creo que la música tiene que ser punk, heavy o música copada. La copada no nos salió y fuimos por el lado más punk”, subraya Terranova. La gallina, que contó con la participación de Sergio Rotman y Ariel Minimal, es un cóctel explosivo de veinte minutos a un ritmo demoledor, sin lugar para el silencio entre tema y tema y con el corazón entre las manos.






–¿Grabar el disco en vivo en el estudio era una excusa para mostrar lo que es un recital de la banda?


Juan Pablo Gambarini: –Sí, por supuesto. Pudimos expresar lo que es Fútbol en vivo. Me parece que está mejor grabar así, responde a lo que es el trío. En lo simple está lo bueno. Fútbol es un grupo atípico: un trío de guitarra, batería y violín y en el que canta el baterista. Hacer sonar eso de manera violenta es mucho más creativo. En este disco hay mucho aporte de los tres, es un avance enorme en lo que es un grupo. Santiago se lució a la hora de cantar, de expresar un montón de cosas con las letras, y supo interpretar ideas que teníamos los tres. Federico se lució en la ejecución y todos aportamos un granito de arena que hizo al trío más integrado. Estamos los tres tocando en tiempo real. En Papa se va a Japón, nuestro disco anterior, yo grababa una parte de guitarra y si no nos gustaba, eso lo tocaba de vuelta. Ahora es “1, 2, 3, 4” y arranca el tema. Eso requiere de meses de ensayo y trabajo. Por eso tardamos casi tres años en grabar.


Santiago Douton: –En La gallina es la primera vez que todas las canciones de un disco nuestro tienen letras. No hay metáforas atrás de ellas. La mayoría son descriptivas, hablan de lugares propios de la Argentina, pero también hay referencias históricas y que eran cosas que tenía ganas de contar. Hay referencias a lugares como Paso de los Libres, Río Colorado, en un punto son casi folklóricas.


Federico Terranova: –Con el disco vamos hacia algo más primario. Creo que es el mejor camino, porque empezamos sonando de una manera y después fuimos puliendo y encontramos el rumbo. En los dos primeros discos metimos muchos instrumentos, tocaron otros músicos como invitados. Y para La gallina decidimos que lo mejor era tocar así.


–¿Era una deuda pendiente, entonces?


J. P. G: –Sí, creo que nos sentimos cómodos grabando así. Sabíamos que lo podíamos hacer, lo sentíamos. Antes, nosotros buscábamos la perfección en el disco. Ahora, lo que tratamos de buscar y plasmar en las canciones es la onda, la relación musical que hay entre los tres. Ya sea en un acorde, en un riff de guitarra o en un solo de violín, queríamos que se notara la onda entre los tres, la química que hay entre nosotros. Me pasa cuando escucho algunas bandas, como Manal, los Rolling Stones o Ramones, bandas de las que somos fanáticos, en las que vemos que hay onda entre los integrantes y se nota en la música que hacen.


–¿Y cómo le explicarían a alguien que nunca los vio en vivo cómo son los recitales de Fútbol?


J. P. G.: –Como dijo Bonavena, te sacan el banquito y estás vos solo en el ring. En vivo tenés que tocar y lanzarte a los problemas, defectos y pelar todo el tiempo. Ahí es donde te entrenás, ensayás, y eso es lo más divertido, el momento cúlmine. Para nosotros, tocar en vivo es lo más parecido a la felicidad. Son cuarenta minutos de abstraerte de la realidad, de estar ahí, dejar todo, poniendo la energía. Compartimos ese criterio con muchos de los grupos con los que venimos tocando, como El Perrodiablo, por ejemplo. Un recital es a matar o morir. Arriba del escenario hay pura garra y energía.


–Fútbol nació unos meses antes de lo sucedido en República Cromañón, en parte fueron testigos de su crecimiento como grupo y de la recuperación del under porteño. ¿Cómo ven hoy lo que pasa con los grupos nuevos?


J. P. G.: –Formamos parte del under y tenemos buena onda con varias bandas. Nosotros empezamos a tocar apenas sucedió lo de Cromañón y en esa época no había nada. Los lunes a la mañana tocábamos en FM La Tribu para que hubiera un poco de rock en algún lado. Tocábamos nosotros o invitábamos a una banda para que tocara en vivo. Luego apareció el Zaguán Al Sur, y ahí se desarrolló una escena “zaguanera”. Y una de las primeras fechas rockeras de ahí fuimos nosotros, entonces vimos crecer a varias bandas. Ya había algunas que estaban consolidadas, como Pez, pero no es que nosotros inventamos nada, sólo que gracias a Zaguán Al Sur aparecieron varios grupos, muchos pibes que querían tocar.


F. T.: –Creo que hay algo así como una escena. Existen un montón de bandas muy buenas en el under. Hay entre cinco y diez bandas con las que tocamos hace ya un tiempo y se viene generando algo importante, no sólo por los grupos, sino también por el público. A nuestros primeros recitales no venía nadie y ahora vemos un montón de gente. Muchas bandas mueven bastante gente en La Plata, en el conurbano y acá, en Capital. Se está viviendo algo copado con la buena onda que generan los grupos en la gente. Salgo todos los fines de semana y prefiero ver a una banda nueva que me llena mucho más que un grupo de afuera. Y a la gente que dice que el under no está bueno, le digo que salga. ¡Vívanlo! Porque yo y mucha gente como yo lo estamos viviendo y lo estamos disfrutando. El under de hoy es tan copado como el de los principios de los ’90. Por eso vale la pena disfrutarlo.


Crédito fotográfico: Bernardino Ávila

lunes, 5 de diciembre de 2011

Otra fiesta de la militancia ricotera

Publicado hoy en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página /12

Tandil se ha transformado en un bastión de la resistencia ricotera: un lugar perfecto para la peregrinación de los fieles por todo el país. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota habían hecho de la ciudad su patria chica, y el Indio Solari con sus Fundamentalistas del Aire Acondicionado llegaron para confirmar el romance.

Solari llegó nuevamente (ya había tocado en noviembre del año pasado) para seguir presentado su tercer disco solista, El perfume de la tempestad, una obra oscura, redonda y mucho más pesada en cuanto a lírica y sonido. Pero que, definitivamente, entrega un puñado de himnos para recitales: “A los botes”, “Satelital” y “Ceremonia durante la tormenta”, de los que el público se apropió como grandes y viejas gemas de Los Redondos. Fueron 80 mil personas las que coparon el Hipódromo Municipal de Tandil.

La multitud emprende viajes a cualquier sitio para ir a ver a su líder, paraPacompañarlo y mostrarle un cariño de años. En Tandil se percibía cierta militancia (una bandera desplegada en el campo dice: “Militancia ricotera”). En entrevistas previas al recital, Solari dejó en claro que no se iban a vender más de ochenta mil entradas. Un número considerable si se tiene en cuenta que, como él mismo insiste, todo se construye desde la periferia y lejos del circuito oficial. Pero, como su público, todo tiene que ver con la eterna militancia en ese concepto denominado “cultura rock”.

La consigna “Esta fiesta sin bengalas” y una foto de Walter Bulacio se proyectaban permanentemente en las pantallas de todo el predio. Y empezó un recital plagado de guiños a la producción solista del artista nacido en Entre Ríos. Los primeros versos ricoteros fueron “Superlógico” y “Fusilados por la cruz roja”, dos bastante añejos, pero interpretados con una dedicación y ensayo de casi dos meses. La voz se escuchó lejana y, a 50 minutos de iniciado el show, el Indio decidió parar: “Vamos a descansar unos minutos porque me parece que no llego al final”. Todos se rieron, parecía un chiste, pero fue un problema subsanado paso a paso, canción a canción, mediante la ayuda de los coros de sus guitarristas Baltasar Comotto, Gaspar Banegas y la corista Deborah Dixon.

“Quiero dedicarle este recital a mi hijo Bruno, hoy es su cumpleaños”, se permitió brindar Solari, en la primera mención que hizo de su hijo en un recital. Allí llegaron “El tesoro de los inocentes”, y el tándem inoxidable “Nadie es perfecto” y “Ñam fi fruli fali fru”. Tampoco el ex cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota había presentado en vivo a los miembros de su banda. Nunca había mencionado, al menos sobre un escenario, el nombre de cada uno de ellos. Hasta el sábado.

Es que estaban haciendo un muy buen recital. Sobre todo Baltasar Comotto, un gran guitarrista de rock (que también forma parte de la banda de Luis Alberto Spinetta) encargado de algunos solos y de ponerse el equipo al hombro. Junto a Gaspar Banegas (“el guitarrista cool de la banda”, lo presentó Solari), conforman un dúo de guitarristas sólido, salvaje y exquisito a la vez dentro de un grupo que suena ajustado, sin un solo error y con largas horas de ensayo.

No faltó el tridente más esperado por todos: “Un ángel para tu soledad”, “Juguetes perdidos” y “Jijiji”. Esas canciones que mueven montañas y hacen “temblar ciudades”, como repitió el Indio ya sobre el final y con muchos corriendo hacia la terminal de ómnibus. “Por esto vinimos a Tandil”, gritaba un fanático. Y es cierto. Ahora habrá que esperar a noviembre o diciembre de 2012 para nuevas noticias desde Luzbola

viernes, 21 de octubre de 2011

Islitas locales

Texto publicado en abril de 2009 en el Suplemento No, de Página/12.

¿Cuál es la influencia brit pop en Argentina? Esa es la pregunta central. Hasta ahora, los que abrevaron de allí fueron los primeros grupos independientes en los ‘90: Juana La Loca, Menos que Cero, Grand Prix, Los Látigos, Avant Press, Turf, Bristol y más acá, entre otros, Underdog, Valle de Muñecas, Hox. El brit pop tomó un camino distinto al grunge. Mientras que en Seattle le escapaban a la fama, en Manchester era primordial llegar a ella lo antes posible. Y ahí Oasis hizo escuela. “A ellos no los avergonzó que se los asociara con rockstars”, responde Sebastián Rubín, ex integrante de Grand Prix. Los grupos argentinos no sólo adoptaron las formas musicales de Oasis, también se vistieron igual, a la vieja usanza que impusieron los mods, en los ‘60. “Sin dudas, Oasis fue el rock barrial de Inglaterra. Acá en Argentina su influencia no fue tan grande. Eso sí, hubo muchos grupos que tomaron pequeñas partes de su música. En los discos de Grand Prix hay dos o tres canciones que tienen muchas cosas de Oasis”, se sincera Rubín. Elastica, Suede, Supergrass y Blur tomaron prestados manierismos de lo que fue el rock inglés de los ochenta: The Jam, The Smiths, la obra solista de Morrisey y, luego, se apropiaron de los restos que habían quedado del glam rock. En la Argentina, el cóctel explotó y generó un tumulto inesperado: la onda expansiva del boom brit pop llegó a los pibes de los barrios. Eso era Oasis en los comienzos: pibes que se reunían en los bares de Manchester a tomar cerveza. Los grupos que sustentaron el movimiento se nutrieron de diferentes estilos y generaciones, Oasis ideó sus canciones al compás de lo que había hecho The Who, The Kinks y The Beatles. Lo de los Gallagher era la vuelta a la vestimenta, pero también a la canción de los ‘60, como piensa Mariano “Manza” Esaín, de Valle de Muñecas y ex Menos que Cero: “Hicieron una interpretación muy particular de aquellos años; esos temas que hacen estilo beatle tienen brillo propio y, creo, recuperan lo mejor de eso, y fue lo que muchos grupos de acá tomaron para hacer canciones”, cuenta.

domingo, 10 de julio de 2011

Multiprocesadora de sonidos

Nota publicada hoy en la sección Cultura & Espectáculos de Página/12

“Difícilmente hubiese podido ser el cantante de una banda de rock y estar ahí en primer plano, buscando los flashes. Pero sí disfruto de un rol más tranquilo y discreto al mando de mis discos instrumentales. Será que ese don de la suerte, sumado a mis propias ganas, me fue llevando a alcanzar las metas”, responde el músico Fernando Samalea ante la pregunta sobre cómo construyó una carrera –aunque a él no le guste hablar en esos términos– que ya lleva más de veinte años y en la que tocó con algunos de los más prestigiosos artistas de la escena local e internacional. Este baterista tiene tiempo para todo: viaja por el interior del país en cada rato libre, toca batería, percusión y bandoneón, compone, es parte del Sexteto Irreal (que recientemente publicó Jogging), colabora actualmente con diversos músicos (Rosario Ortega y Pablo Dacal, entre otros), tocó la batería en “Calma pueblo”, una de las últimas canciones de Calle 13, grabó discos instrumentales, tocó con Andrés Calamaro, Tony Levin y decenas de artistas a los que se fue acercando en el transcurso de su vida. Y ahora, para no perder la costumbre, acaba de publicar Al limiti del mondo, el nuevo disco que Samalea firma en conjunto con su “hermano”, Fernando Kabusacki, y que aquí explica.

–Se encuentran algunas diferencias entre su obra solista y la de sus proyectos en los grupos de rock. ¿Cómo se alimentan entre ellas?

–Diría que tuve siempre esa dualidad, participando de proyectos enormes con artistas súper populares y a la vez en esos para minorías, como el mío de bandoneón. Así se dieron determinadas alianzas, algunas en plan miniatura. La que tenemos con Kabusacki en Al limiti del mondo es un buen ejemplo. Uno es lo que es. No podés forzarlo. Venís de antemano con una señal y la llevás adelante, o no sucede nada. Casi todos realizamos muchas actividades en paralelo, no sólo dentro de la música. El filósofo Gurdjieff se cansó de aseverar que “no somos uno, sino ocho”, con facetas bien diferentes dentro. Así se explicaría el frecuente oscilar de nuestros gustos, a veces alarmante. Vamos de fiestas esnob a obras de teatro o a películas conmovedoras sin escalas. De lo trágico de Stendhal a las memorias de Groucho Marx, que te hacen descostillar de la risa. ¿Por qué algunos días querés escuchar las bossa-novas de Vinicius y Jobim y otros a The Who, o tal vez a MGMT, Luis Alberto Spinetta, Kings of Convenience o Frank Sinatra? Claro que al componer música hacés lo que te sea posible, con tus limitaciones, y supongo que el secreto de lograr algo pasa por aceptar esa pauta.

–En su discurso y en sus discos interactúan la literatura, la música, el cine y la pintura con mucha asiduidad.

–Es que muchas veces la idea original deviene de un caos sensorial. Algunos tienen cierta fluidez, dicen tres o cuatro frases y ya entendiste todo. A mí me cuesta más ser preciso o encontrar las palabras e imágenes apropiadas. Cuando hablás de algo, soñás determinados colores, temperaturas, texturas. Todo queda envuelto en ese juego creativo: la energía, la respiración, el movimiento del pecho al entrar o salir oxígeno, los gozos, alegrías, añoranzas o dudas. Hay dos palabras que evito cuando hablo de mí: trayectoria y obra. Sólo intento sumarme a proyectos ajenos o generar propios que conlleven sinceridad e ilusión. Y los acepto como un pequeño fotograma del momento.

–¿Cómo nació su relación musical con Fernando Kabusacki?

–Con Kabusacki se da una alianza que roza la hermandad. Nos conocimos a través de María Gabriela Epumer y desde el primer segundo ya estábamos predispuestos a compartir música, chistes u ocurrencias. El me mostró el mundo del Guitar Craft –el de los discípulos de Robert Fripp–, y yo debo haberlo acercado un poco más al ambiente del rock. Lo llamativo es que sus discos y los míos son completamente antagónicos, ya que suelo usar armonías cercanas al sentir de Buenos Aires o al exhalar bandoneonístico; mientras él genera temas y atmósferas inclasificables dentro de un contexto geográfico.

–Mucho de lo que dice está presente en Al limiti del mondo. ¿Cómo se gestó el disco siendo ustedes musicalmente antagónicos?

–Hace unos meses estábamos en el Festival de Cine de Montaña de Ushuaia y nos propusimos realizar este disco a dúo. Apenas regresados pautamos las siete piezas. Hubo estructuras, progresiones de acordes y melodías desde el vamos, evitando las improvisaciones como eje. Les dimos gran protagonismo al vibrar de las cuerdas y al ondular de los parches y usé bastante el vibráfono. La premisa fue conservar ese halo de aire y espacio que tiene la música cuando coquetea con el silencio.

–Además participa Tony Levin, bajista de King Crimson y Peter Gabriel, que ya había grabado con usted. ¿Cómo fue el acercamiento?

–Le pedimos que sea nuestro invitado de lujo. Que se haya sumado a dos músicos ignotos del Cono Sur como nosotros, siendo quien es dentro de la música internacional, habla de su grandeza. Es una de las grandes sorpresas que te da la vida verlo interesado por el sonido del bandoneón, participando en varios de mis discos desde hace años y ahora también en éste. Y que podamos compartir otras cosas como cafecitos y salidas por ahí, charlas, complicidades, humoradas... intentaremos hacer un disco de trío a futuro.

Crédito fotográfico: Luciana Granovsky


sábado, 18 de junio de 2011

La cultura puede ser un buen negocio

Nota publicada el 7 de junio en la sección Cultura & Espectáculos del diario Página 12

En Escritos sobre el teatro, el libro que reúne más de cincuenta textos del semiólogo y crítico literario Roland Barthes, se puede leer la siguiente afirmación: “El teatro popular es posible hoy mismo si la nación realmente lo desea”. En sintonía con dicha sentencia, en el programa oficial del Mercado de Industrias Culturales de la Argentina (MICA), se podía leer: “Desde el Estado nacional, consideramos esencial intervenir a favor de la apertura a nuevos protagonistas y de la federalización de la producción y la distribución de bienes culturales”. Lo afirmaba Rodolfo Hamawi, director de Industrias Culturales. Y si bien es cierto que no toda la población visitó la jornada de cierre de la primera edición del MICA, también lo es que muchas de las 35 mil personas que asistieron pudieron interactuar, redescubrir, comparar y debatir, a grandes rasgos, la producción cultural independiente y alternativa de cada una de las regiones de la Argentina. Las palabras “nación”, “mercado”, “comercio”, “independencia” y “gobierno” estuvieron unidas en un indisoluble y único debate que llevaron adelante editores, músicos, cineastas, diseñadores de videojuegos y actores durante todas las jornadas: el de cómo inmiscuirse y sobrevivir en el gran mercado de la cultura, con sus ventajas y desventajas, pero manteniendo el orgullo que supone la autogestión.

Desde los diferentes debates que se sucedieron en la jornada de cierre se trató de poner en tensión dos términos antagónicos en la producción: mercado y alternatividad. En primera instancia, y arropados por los miedos de los productores independientes, el mercado significaba el espacio comercial que no convenía visitar. Durante el debate “Revistas culturales: una red para la comunicación alternativa”, del que participaron editores y periodistas como Ingrid Beck (Barcelona), Alejandro Sierra (THC) y Claudia Acuña (La Vaca), todos ellos nucleados en la Asociación de Revistas Culturales Independientes de la Argentina, coincidieron en afirmar que una de las cosas que aprendieron “fue a no tenerles miedo a las palabras industria y mercado”. Acuña, metafóricamente, subrayó: “Somos un refugio en la intemperie, las revistas culturales independientes tenemos otro modo de relación con el lector”. Sierra, por su parte, declaró que ellos quisieron entrar en el sistema “para mostrar otra realidad”.

En coincidencia, en el Homenaje a Melopea Discos –charla organizada para discutir la importancia del sello discográfico que lleva adelante Litto Nebbia–, se abordó una temática similar. Nebbia, el único orador del encuentro, disertó sobre el nacimiento del sello, su importancia en el devenir histórico y cómo este emprendimiento cultural funciona artísticamente. Melopea, que está por cumplir 22 años de existencia, posee un catálogo con más de 600 títulos de tango, música uruguaya, jazz argentino, folklore y, claro, la obra de su fundador. Ante la pregunta sobre por qué el sello no produce rock, el coautor de “La balsa” repuso que el sello no tiene la dinámica para desarrollar a un artista de rock “que necesita otra inmediatez y mucha difusión”. Y continuó: “Por otro lado, está lleno de discográficas dedicadas a producir rock de los diversos estilos. Justamente, la tarea de Melopea es cubrir un área más documentalista, con gran ánimo por el rescate de material y el coleccionismo”, resaltó.

Ya sobre el final de la tarde, en el escenario principal que daba a la Tribuna Plaza del Hipódromo de Palermo, el mismo Litto Nebbia junto a músicos históricos como Ricardo Soulé, Miguel Cantilo, Silvina Garré, Emilio del Guercio, y en un Homenaje al Rock Nacional de la primera década, dieron vida –a pesar de los desperfectos técnicos–, a “Viento, dile a la lluvia”, de Los Gatos; “Hoy todo el hielo en la ciudad”, de Almendra, y “Presente (el momento en que estás)”, de Vox Dei. Miguel Cantilo, solo con su guitarra, tocó “Adonde quiera que voy”. Como cierre, todos, recrearon una versión eléctrica de “La balsa”. Una sorpresa: la versión de “Hablando a tu corazón”, de Charly García, interpretada por Gonzalo Aloras, guitarrista de La Luz, el grupo que lidera Nebbia. El cierre de la temática musical estuvo a cargo de Susana Rinaldi y la Selección Nacional de Tango.

En conclusión, durante las cuatro jornadas del Mercado de Industrias Culturales Argentinas se organizaron alrededor de 4500 reuniones de negocios entre productores culturales, y hubo más de 230 invitados internacionales y asistieron casi 35 mil personas. Uno de los objetivos que se había propuesto el Mercado era cerrar acuerdos comerciales entre productores argentinos y del extranjero. Los más destacados fueron los convenios entre la editorial Luz, de Canadá, y Ediciones de la Flor, para la edición de la obra completa de Rodolfo Walsh en ese país, y, en materia audiovisual, el cineasta Peter Greenaway se reunirá con directivos del Incaa para filmar textos de Jorge Luis Borges.

Crédito fotográfico: Jorge Larrosa